“Fuera de la zona del bloqueo fue hundido el crucero general Belgrano.
Hasta anoche se habían rescatado 123 náufragos.”
LA NACIÓN, 4 de mayo de 1982


        Ayer por la tarde la leche estaba algo caliente, pero no bien escuché el timbre me la terminé de un trago. Me paré de un salto y le di el manotazo a la última tostada con manteca y azúcar, y casi lo choco al Rusito cuando entraba a buscarme.
        Partimos a los brincos para el baldío, y al escuchar la música de la calesita empezamos a correr. A correr con todo, como corresponde a una cosa tan importante. Rara vez llega algún calesitero al pueblo, y no siempre nos pueden dar las monedas que hacen falta para varias vueltas. Decí que este don Cosme es un poco lento, y de vez en cuando se le queda quieta la pera con la sortija: ahí le ganamos de arrebato la vuelta gratis. Y él sonríe, siempre sonríe. Qué salame.
        Hoy nos pasamos cambiándonos del jeep camuflado al avión rojo y del avión rojo al barco verde, en plena vuelta. Don Cosme se puso cabrero, y entonces nos cambiábamos de raje cuando lo tapaba la casilla del medio. Y el pobre seguía con la sonrisa….
        Volviendo a la sortija, recién se la quité yo. Y vas a ver que ahora se la manotea el Rusito. ¿Qué te dije? Si toda la tarde fue así. Los pibes que tienen plata no agarran una. ¡Nosotros sí que somos cancheros!
        Esta mañana lo fuimos a visitar al viejo y lo invitamos al picado en el fondo del baldío. Dijo que por ahí sí, pero iba a ver, porque tenía que engrasar la calesita. Como sospechábamos, ni se arrimó. Lo que pasaba es que, si se metía, con el Rusito lo íbamos a empachar de esquives y caños. Somos imparables.
        Te estoy mezclando un poco las cosas, pero te lo cuento como me sale porque sé que vos me entendés. El Rusito se había estirado tomándose con la izquierda de un parante de la calesita, y con la derecha se la quitó de una. Detrás de él estaba el par de caballitos moros, esos que nunca se ponen de acuerdo para subir y bajar al mismo tiempo; y más atrás venía yo, piloteando el barco verde. No sé qué pasó, pero fue como si le explotara la máquina a la calesita. Al mismo tiempo empezó a sonar una sirena y todo se puso muy oscuro de golpe. Creo que algún pedazo de fierro le dio a mi barco, porque empezó a entrar agua y agua y agua y se inundó la calesita, el baldío y creo que el pueblo entero, con esa agua salada que andá a saber de dónde salió. Además el barco se hizo enorme, o yo me achiqué como un gusano, no sé.
        Me pareció que el barco tenía techo, o era el techo de la calesita que se inclinaba. Pasaban muchas cosas flotando y yo me prendí fuerte de algo con un solo brazo, porque con el otro no podía. Escuchaba gritos de los chicos y por ahí me pareció que don Cosme le daba órdenes al Rusito para que saliera por la escalera. Fijate vos, desde cuándo las calesitas tienen escalera.
        De golpe me acordé de vos y de la Choli, tan chiquita, con las trenzas y el delantal, pero en seguida apareció don Cosme. Me tocaba la frente y me ponía agua en la boca con el hueco de la mano. Ni cuchara tenía el pobre. El barco se había achicado tanto que apenas cabíamos don Cosme, yo y otros diez o doce que eran todos iguales, todos idénticos al Rusito. ¡Y el frío que se había metido en el barco! Me quise pegar a vos, como hago siempre cuando tengo frío, pero habías salido por un rato, no me acuerdo para qué, y entonces seguí tiritando nomás.


        La pera de la calesita está quieta, muy quieta, y con el ojo que me queda libre veo que la sortija no está. De su lugar sale un cañito plástico que baja hasta mi brazo y me pincha y me lo quiero arrancar con la otra mano pero no puedo mover el brazo, no siento ni el brazo ni la mano, es como si no estuvieran. ¿Y las monedas? No las encuentro, qué voy a encontrar si no alcanzo los bolsillos. No le puedo pagar, con todas las vueltas que me hizo dar el pobre cuando estábamos en el barco; cuando el barco era muy grande y después que se achicó también. Nunca me pasó, pero creo que me empaché con tantas vueltas y ya me quería bajar. Allí me vino como un bajón, viste, y se me cayó alguna lágrima del ojo que tengo destapado. Entonces lo veo a don Cosme con chaqueta y cofia blancas, y con voz finita me dice que un hombre de dieciocho años no debe llorar. ¿Te das cuenta? ¡Si yo mañana cumplo nueve! Es como si se le hubiera salido algún patito de la fila, pobre viejo…
        Ah, casi me olvido. Me preguntaste cuántos vamos a ser para el chocolate. Somos los once de siempre, pero este año… qué sé yo, quisiera que también viniese don Cosme. ¿Me dejás que lo invite a tomar chocolate? ¿Sí? ¡¡Grande, maaa!!

        ©Nolberto Ángel Malacalza

Ir a

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.

Copyright © Taller Yo escribo... y corrijo Template Design by RzaaL 1306